Apostillas de la Vida Cotidiana

MISTERIOS

By @jotaposta

Llovía mucho en Capital. En medio de la jornada laboral estaba por tomar el cuarto o quinto subte del día. Y entonces sucedió.

Escuche por vez primera a Dolina allá por 1998 creo. Aun estaba en Indart. Por esa época me uní a un viaje que se hacía a Capital Federal a la Feria del Libro. Allí pude conocerlo. En una conferencia.  Me firmó el un libro y escuchamos la oratoria desde fuera. Había mucha gente.

Entre las veces que escuché el programa recuerdo una, donde pregonó uno de los dos misterios que desde entonces rondan mi cabeza.  Una noche cualquiera comentó que existía un mural en la zona baja de Buenos Aires, que tenía un azulejo al revés.  Es decir, existía entre la red de subterráneos, plegada de murales, uno de ellos que tenía una pieza mal ubicada.  Claro está que el escritor jamás mencionó cual.

Estaba ya hace tiempo viviendo en Capital cuando escuché aquel mensaje. Una especie de mapa del tesoro en palabras. Una premisa. Una afirmación. Una invitación a una búsqueda silenciosa de un objeto preciado. Sin valor económico, sin valor tangible. Sólo por el honor. Por el reto en sí mismo de descubrir ese secreto que la Ciudad guardaba en su subsuelo.

Se formó en mi interior una sensación rara. Un impulso de querer descubrir. Una duda que no quería que fuera eterna. Quizás por ser uno de esos desafíos más geniales, los que no tienen premio, o más bien, el premio es la superación. El juego por el juego. Como cuando éramos chicos y jugábamos a “el que mete el último gana” y la cosa se ponía seria. No existían primas económicas, Copas en juego, incentivos de ninguna forma. Pero sabíamos cada uno de nosotros que aquella premisa no era joda. No se podía tomar a la chacota. El tema era serio. Había que evitar ese gol y ser nosotros los que convirtiéramos. Porque ya no importaba el saber que mañana a la misma hora estaríamos otra vez en la misma instancia, y pasado, y pasado y la otra semana. Ese partido era único. Era acá y ahora. Había un código interno que hacía de ese encuentro, de ese gol letal, una empresa que tomábamos con la mayor de las responsabilidades. Así entonces fue desde ese momento con el azulejo mal puesto.

Seguramente las mentes racionales ya a esta altura del relato habrán tomado dos posturas. La primera, y considerando la época, implica la posibilidad de navegar en internet y así entonces despejar la duda. Claro que lo hice y el resultado fue nulo. Ninguna referencia a cuál puede ser el mosaico que está mal colocado en misterioalguna de las estaciones de la red de subterráneo de Buenos Aires.

La otra, un poco más compleja, pero viable. Visitar cada uno de los murales hasta descubrirlo. Pero una cuenta rápida nos lleva a lo siguiente. No sé si todas, pero si una de cada dos estaciones tiene un Mural. Incluso en ambos andenes, así que digamos que por promedio hay dos por estación. A razón de 86 estaciones hablamos 172 murales más o menos. Pongamos que me tomara cada sábado, religiosamente recorrer cada mural. Dedicarle media tarde a examinarlo. Necesitaría 43 meses. Es decir 3.5 años más o menos la tarea, considerando que el último mural visto sea el correcto. Sin faltar un sólo sábado. Viable, pero no.

Llevo 15 años en Capital y el acertijo rodeaba mi mente desde entonces. Cada vez que tomaba el subte repasaba cada mural. Había veces que podía detenerme más, otras las miradas debían ser fugaces. Todo dependía del tiempo.

Pero ayer llovía. Llovía mucho y estaba empapado por mi terca idea de odiar el paraguas. “Es agua de todas formas” pensaba y sacudía cual perro mi cabeza. Y entonces me miré las zapatillas. El jean casi seco porque había caminado largo rato el andén. “Hace calor aun cuando llueve acá abajo” pensé. Y miré el mural. Lo repasé y leí la información del pintor. Me interioricé por experiencia y hasta supe que era Español, según la escueta biografía allí colocada. Y repasé la pintura. Sequé mi frente aún mojada, y me concentré en una pieza. Una que no coincidía, que podía formar parte pero claramente no estaba puesta correctamente. Y mis ojos se iluminaron y el corazón latió fuerte.

15 años. 180 meses. 65.700 días y la revelación a aquel primer acertijo que carco
mía mi mente se hacia presente. Al fin descubría cual era la famosa pieza de los subterráneos de Buenos Aires que estaba colocada erróneamente.

Y miré el mural otra vez y descubrí que en letra chica, muy muy chica había una llamada. “Descubra que pieza está mal colocada” decía. Y confirmaba así mi hallazgo. Mi tesoro interno, mi premio intangible. Mi recompensa silenciosa.

Claro que no voy a revelarle, querido lector, la solución. Dejare que usted también siga en su búsqueda. Quizás también ese día escuchó a Dolina y persigue el mismo sueño. Tal vez se está enterando ahora y quiera ser parte de la búsqueda de este premio sin valor.

Apenas podre decirle, si quiere, como para ayudar que se trata de una de las mayores obras del pintor español  Zuloaga. Suerte entonces pequeño aventurero en su búsqueda.

No obstante me quedo aun con mi segundo gran acertijo aun sin resolver, aquel que alguna vez llego de la boca de Jimena, mi hermana. Relató que una profesora le había dicho que existía una esquina. Una sola en toda la Capital que no tenia ochava. Aun sigo recorriendo los barrios con el afán de saber cuál es. Pues la respuesta aun está por llegar.

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