Apostillas de la Vida Cotidiana

Una foto. Un muñeco. Una Historia.

by @jotaposta

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Fueron Kevin Eastman y Peter Laird quienes en 1984 lanzaron un pequeño cómic en blanco y negro de titulado “Eastman and Laird’s Teenage Mutant Ninja Turtles.” Con la ayuda de Mirage Studios, daba inicio a lo que en Latinoamérica se conocería como “Las Tortugas Ninjas” o “Tortugas Ninjas Adolecentes Mutantes”, en fin.

Una interesante historia de ficción donde 4 tortugas caen en una alcantarilla y se juntan con Hamato Yoshi (el más grande maestro del ninjutsu) que vivía recluido por cuestiones que ahora no vamos a ahondar. Producto de un derrame de mutageno, las protagonistas se ven afectadas dándole atributos de otras formas de vida con las que tengan contacto, ya que las tortugas habían tenido contacto con humanos adquirieron cualidades biológicas antropomorfas. . Parte del mutageno cae también sobre Yoshi que lo convierte en una rata gigante debido al tiempo que vivió rodeado de ellas, por lo que adopta la identidad de Splinter y decide entrenar a las tortugas, dándole a cada una el nombre de un artista del renacimiento que tanto admiraba. La historia entonces continua con la intención de que  los protagonistas derroten al villano “Destructor” para conseguir un antídoto que las devuelva a sus formas originales.

El comic se convirtió una sensación de la noche a la mañana entre los cómics independientes. Luego con el correr de los años llegarían cuatro series separadas de dibujos animados y varias historias alternativas, incluyendo varias adaptaciones al cine.

Corría el año 1992 y yo dejaba por primera vez mi pueblo para conocer la famosa “Capital Federal”. Historia que, como creo haber contado alguna vez, arrancó de prisa, una mañana de febrero, cuando mis abuelos decidieron solicitar un permiso apresurado a mis padres. En pocas horas partían a visitar a mi tía y querían traerme de viaje.  Me despertaron y yo, en pleno descanso escolar, dije si sin dudarlo. Poco después me enteré que mi madre había llorado apenas el auto dejó la casa.

Era mi primer viaje solo, o sin  mis padres mejor dicho. Nueve años.  Y ahí estaba. Sentado en la parte trasera del Ford Escort blanco, preguntando si ya habíamos llegado cuando apenas cruzamos zona oeste. Hoy supongo que sería por una cuestión de perspectiva. El pueblo no superaba (tampoco hoy) los mil habitantes, así que cualquier ciudad que tenga un poco de casas juntas, y de dos pisos para mí era Capital Federal. Supongo que ese asombro fue mayor cuando por fin cruzamos la General Paz.

Fueron casi quince días donde pasó de todo. Charlas de “adultos” con mi abuelo. Visita por primera vez al cine (“Exterminator 4. Como hermanos gemelos” fue la película que hasta el día de hoy no puedo dejar de mirar). Recuerdo también haber visto filmar una escena de “Brigada Cola” en el famoso edificio conocido como el “Rulero”, por Avenida del Libertador. Ese mismo que está repleto de ventanas, carentes de balcones y que ese mismo 1992, apenas días después de que regresara, sintiera en sus ladrillos la furia de la bomba que destruyó la Embajada de Israel.

Entre las diferentes cosas que hicimos ese día, fue la visita a un supermercado. Actividad común, rutinaria. Pero que tuvo un matiz. Un detalle. Pasamos por la góndola de los juguetes y quede impactado. Jamás en la vida habían percibido mis retinas tantos juguetes juntos. Desconozco cual habrá sido mi reacción en el rostro, pero ha de haber sido intensa, porque aunque no dije nada, mi tía me miró y me dijo “¿Te gusta algún? Podes llevar el que quieras”.

Mi mente comenzó una de las decisiones más difícil. Tenía un solo tiro y más de cien objetivos. Debía ser preciso. Certero. Era una sola chance y no había tiempo de arrepentimiento luego.  A veces cuando a uno le dan libertad el elegir es más complejo. El tiempo tampoco sobraba, era uno ahora y rápido. Calculé que tenía en casa. Autos y vehículos no eran necesarios. Héroes quizás. Algún Spider Man. Una espada tal vez. Pero entonces vi que había varios de los personajes de las Tortugas Ninjas. Yo solo tenía  a las 4. Nadie más. Splinter pensé. Para que las ayude. Quizás April O’Neil. Pero  mi di cuenta que todos regalan héroes. Tenía un Batman. Un Robocop. Un Rambo. Pero no muchos villanos. Y de que vale la historia sin un némesis. ¿Que sería de Superman sin Lex Luthor?. O de ¿Lion-O sin Mumm-Ra?. Los buenos siempre van a necesitar un malo.

Me di cuenta que las historias que me inventaba en la “Pieza Vieja” (así llamamos siempre en mi casa a la habitación donde estaban mis juguetes) se hacían aburridas porque sobraban buenos y escaseaban los malos. Por eso no dude y tome a “Rocoso” (Rocksteady en su idioma original). El Rinoceronte mutante villanos de las Tortugas.

“¿Seguro queres ese?” Me indagaron. “Seguro” confirmé.

En los pocos últimos días que me quedaban, estuve con mi Rocoso mirando la ventana del edifico, como queriendo atravesar las distancias y estar en casa. Al tiempo que comenzaba a imaginar el argumento de nuevas historias. De novedosas tramas.  Enviaba secretos mensajes psíquicos a las Tortugas. Advirtiendo del peligro que se avecinaban.

El pasado fin de semana Matías tuvo su segundo o tercer viaje a solas con los abuelos. Para él es a la inversa. Deja la Capital y llega a Indart. Abandona el cemento y los edificios, para encontrar calles de tierra y campo. Se despide de los colectivos y taxis para encontrarse con vacas y caballos. Sus retinas se desentienden de carteles luminosos de gaseosas o locales de comidas rápidas, para familiares con el firmamento entero.

Cuando regresó me hizo algunas observaciones. Sobre lo viejo que están mis juguetes y que yo si tenía “armas” para jugar, porque lo descubrió en una caja que la abuela le había prestado para jugar. También me dijo que había un muñeco que estaba casi nuevo. “Vos tenes a Rocoso” me dijo. Él, claro esta, también conoce las Tortugas. A diferencia de mi, él mira unas versiones más estilo anime. Pero acaso juntos compartimos las pelis del Cine.  El otro día le mostré gracias a “youtube” las versiones clásicas y se rio largo rato. Volviendo  a la charla recordé que sus ojos brillaron cuando me contaba que enfrentó a Rocoso con el Ninja Blanco.  Entonces lo supe.

Comprendí que ya las expediciones en la “Casa Vieja” habían terminado. Las luchas acuáticas en la pileta de la bomba vieja del patio eran parte del pasado. Los enfrentamientos en el jardín de enfrente, al costado del tapial ya no estaban. Rocoso había cumplido toda una etapa en Indart y era hora de enfrentar nuevos desafíos en la Capital.

La historia, hecha un boomerang, regresaba. Era momento de que Rocoso partiera hacia donde alguna vez nació para dar inicios a nuevas aventuras. Ahora quizás en un monoambiente. Rodeado de cemento y sin tanto cielo abierto. En plazas de pisos de material y ayunas quizás de pasto y barro. En suelos de parquet y no de madera húmeda y vieja como la que estaba acostumbrado. Con ruidos de sirenas de ambulancias de fondo y no con el cacarear de gallinas ponedoras. Pero con la misma intensidad en las manos que lo guían. Con la misma fantasía en los labios que lo harán hablar. Con la misma inocencia de una trama que siempre lo verá perdedor, porque al fin de cuentas es un villano y Leonardo sabrá como derrotarlo. Siempre. Siempre.

Rocoso hoy viajó en un bolso y ahora está en mi mochila. Rocoso pronto estará en los estantes de Matías. Junto a Tortugas más onda Japonesa. Pero con las mismas ganas de hacer feliz a un pibe, como lo hizo allá lejos y hace tiempo, en ese verano de 1992.

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